Bien lo dice el famoso refrán: “después de la tempestad viene la calma”, y eso, tristemente es lo que parece puede ocurrir con la Rama Judicial.
No existió, tal vez en la historia de la judicatura de Colombia, un tiempo tan agitado y en el que se hubieran unido tantas circunstancias, como el que al parecer va a terminar: i) Se tramitó, aprobó y empezó su ejecución una reforma constitucional que modificaba la administración de la rama judicial; ii) La Corte Suprema de Justicia, el Consejo de Estado y el Consejo Superior de la Judicatura durante algún tiempo no tuvieron titularidad en varios de sus miembros; iii) Se inició la elección del nuevo Gobierno Judicial en medio de cuestionamientos; iv) La Corte Constitucional, baluarte de la Constitución de 1991, por primera vez, estuvo fuertemente cuestionada; v) La credibilidad de la rama judicial fue la más baja de la historia; vi) Los escándalos de corrupción al interior de la rama (empleados, jueces, magistrado) fueron noticia casi mensual; vii) La crítica de los medios de comunicación y la ciudadanía a las decisiones judiciales se presentaba a diario; viii) Por primera vez, un concurso de méritos para jueces y magistrados fue públicamente cuestionado; y, ix) La elección de jueces en carrera fue suspendida.
Todo lo anterior generó un ambiente convulsivo al interior de la rama judicial: los servidores judiciales se unieron –algunos con posiciones contrarias- para discutir el futuro de la administración de justicia; el Gobierno Nacional, el Congreso y los medios de comunicación dirigieron su poder y críticas en contra de la judicatura; algunas personas plantearon y solicitaron reformas más profundas para solucionar la problemática de los jueces; y otros utilizaron acciones judiciales para destrabar algunas de las situaciones que se venía presentando.
Ambiente que si bien es cierto en algunos momentos resultó hostil y/o poco adecuado para la solución de los problemas, generó grandes debates y despertó en algunos jueces su preocupación por la administración de justicia, su independencia y prestigio.
Sin embargo, parece que con el paso del tiempo, con la decisión de la Corte Constitucional de declarar inexequible el acto legislativo de equilibrio de poderes -por lo menos en su componente de administración y gerencia judicial-, y con la elección de todos los magistrados de las Altas Cortes el panorama va a cambiar, la calma va a imperar nuevamente y todas esas circunstancias serán cosas del pasado.
Situación que resulta triste porque parece que todo va a seguir igual, como quiera que los resultados de los grandes debates, las fantásticas ideas planteadas, el fervor y el entusiasmo por mejorar la Rama Judicial durante la tormenta, no quedaron en nada y no se ve, por lo menos en este momento, que estén siendo utilizados como insumo para algún cambio.
Por lo anterior, independiente de lo que ocurra, es importante que los jueces sigamos buscando una transformación en beneficio de nuestra independencia y prestigio, que generemos debates, y así podamos llegar a conclusiones, alimentadas por lo que ya se discutió, que permitan proponer modificaciones o reformas (básicas o estructurales).
Aunque todo se apacigüe el esfuerzo debe seguir: la reforma a la justicia debe plantearse, a la labor del juez en la justicia transicional y el posconflicto debe dársele su lugar, la carrera judicial debe fortalecerse y el juez debe recuperar su lugar en la sociedad.
La invitación entonces es a seguir unidos, a integrar a los compañeros de provincia, a presentar ideas y no esperar a que exista otra situación similar para nuevamente rasgarnos las vestiduras y darnos cuenta que no hemos hecho nada.
JUAN CARLOS MERCHÁN MENESES
Juez Promiscuo Municipal de Arbeláez (Cundinamarca)