Históricamente, la resistencia civil se ha configurado como una de las formas claves para responder a las violencias ejercidas contra ciertos grupos de personas por parte de las autoridades (como por ejemplo el Estado y su brazo armado) o de otro tipo de congregaciones (como las élites económicas, las empresas, las organizaciones internacionales, etc.). Los repertorios de acción se caracterizan por jugar con lo simbólico, por eso es posible encontrar a las protestas, la presión, la persuasión, el boicot, la generación de opinión pública, la huelga, el gobierno paralelo, entre otros, como prácticas no-violentas que pretenden cambiar el orden establecido, abogando a la defensa de los derechos y el respeto a la vida digna. Es importante resaltar que, dentro de la resistencia civil, la no-violencia se refiere al rechazo frente al uso de armas para alcanzar ciertos objetivos, más no a la pasividad como una postura propia de indefensión absoluta, lo cual les da otras características a las luchas sociales a la hora de analizarlas.

Una experiencia importante que vale la pena nombrar, dadas las contribuciones teóricas, prácticas y epistemológicas que le han aportado a las discusiones sobre la no-violencia, es el movimiento que surgió en contra de la colonia británica en India, reconocida a través de la figura de Mahatma Gandhi. Su oposición a las autoridades británicas no radicaba en lograr una superioridad militar ni armamentística; de hecho las formas de desobediencia pacífica y los planes de boicot caracterizaron esta lucha en contra del colonialismo que les había sido impuesto. Su particularidad está en que Gandhi logró proponer la ‘política del swadeshi’, la cual consistía en generalizar el consumo exclusivo de productos indios que, por medio de la elaboración de tejidos propios, logró crear la identidad independentista ligada a las propuestas de autonomía en torno a sus propias formas de intercambio.

Acompañado del boicot a las instituciones de tributación y gobierno, el movimiento independentista logró desestabilizar la industria textil británica de manera significativa, al punto de posicionar a India como un país potencia en materia de producción industrial textil, aún hoy. Éstos métodos poco convencionales para levantar la revolución en India fueron denominadas por la colonia como “resistencia pasiva”, sin embargo, dicha significación ocultaba la verdadera potencia creadora y transformadora de lo que Gandhi llamó la ‘satyagraha’. Este término hace referencia a aquella resistencia que insiste en reconocer a la verdad por medio de ciertas estrategias y tácticas que responden a unos objetivos ético-políticos claros, anclados a la espiritualidad. En este sentido la no-violencia implica un alto nivel de coherencia entre los medios y los fines, que en términos prácticos no pretenden producir muerte ni sufrimiento, sino que buscan crear nuevas condiciones materiales y espirituales para vivir dignamente. Fue así como el pensamiento gandhiano se convirtió en una doctrina filosófica de acción que inspiró muchas otras experiencias re resistencia civil.

Para continuar profundizando en el tema de la no-violencia, el autor Daniel Martínez Bernal, citando a López y Martínez (2013), dice que hay tres ejes de reivindicación que configuran la tipología de las formas de resistencia: “1) la lucha contra la dominación colonial, 2) la lucha contra los regímenes autoritarios, dictatoriales y totalitarios y 3) la reivindicación de derechos y libertades democráticas y ciudadanas, por la solidaridad internacional, por la ecología y en defensa de la naturaleza y por otro mundo posible” (Martínez, 2014, p. 351). Desde una mirada histórica, es posible afirmar que en América Latina han existido muchas formas de llevar a cabo la resistencia civil, ya que cuentan con diferentes repertorios de acción, contextos y fines, y sin duda han apelado a las tres reivindicaciones nombradas anteriormente. Para efectos de este texto, se van a referenciar tres experiencias de resistencia civil a modo de ejemplos: una de Norteamérica y las otras dos de América Latina.

Las luchas contra la dominación colonial han caracterizado la historia del continente americano, dados los vínculos de dominio que se implantaron entre los grupos provenientes de Europa con respecto a las comunidades autóctonas y las provenientes de África. Particularmente, la consolidación de los Estados Unidos de América como Estado significó la negación del “otro”, es decir que no solo se dio la completa desaparición de las comunidades aborígenes de territorio, sino que se creó un imaginario del deber ser blanco, lo cual le fue heredado a la sociedad a través de la naturalización de actitudes racistas y xenófobas de exclusión. Frente a esta realidad, encontramos la experiencia del movimiento social “Panteras Negras”, el cual surgió en la década de 1960 con el objetivo de luchar por la defensa de los derechos civiles de los afroamericanos.

George Jackson, activista afroamericano oriundo de Chicago, representa un caso poco conocido pero muy emblemático sobre los alcances que tiene la resistencia civil. George fue arrestado por un robo a una gasolinera cuando tenía tan solo 18 años y fue en la cárcel donde pudo darse cuenta de cómo, no sólo dentro del sistema carcelario sino en la sociedad en general, el trato era diferenciado para las personas afrodescendientes. Estando encarcelado, decidió unirse a las Panteras Negras; se formó políticamente a través de la lectura y empezó a escribir cartas y artículos que contenían sus reflexiones sobre las violencias que se vivían tanto fuera como dentro del sistema penitenciario. Allí dentro, se le acusó de haber matado a dos guardias de seguridad en compañía de otros dos reos, sin embargo, el juicio no se pudo llevar a cabo ya que, en el año de 1971, durante una revuelta dentro de la cárcel de San Quintín, George Jackson fue asesinado por dos impactos de bala. Sus enseñanzas, alimentadas por la lectura y compartidas a través de la escritura, fueron muy importantes no sólo para el movimiento de las Panteras Negras, sino para la creciente organización que se empezaba a gestar en las cárceles en contra del abuso y la discriminación racial.

Por otro lado, la lucha contra los regímenes dictatoriales, autoritarios y totalitarios ha sido de diversa índole. Un ejemplo icónico es el del Movimiento de los Trabajadores Rurales sin Tierra (MST) de Brasil. Su origen se remonta al año de 1984 como respuesta definitiva al acaparamiento desenfrenado de tierras que se dio durante el periodo del régimen militar (1964-1985). Durante esos años, las luchas populares de obreros sindicales, campesinos e indígenas fueron el acumulado necesario para consolidar el movimiento que tuviera como bandera el rechazo al acaparamiento de la tierra que se contraponía al proyecto que abogaba por la redistribución justa y equitativa de la misma. Por medio del autogobierno y la creación de un poder alterno, el MST se ha dedicado -aún hoy- a consolidar asentamientos en donde se cuestiona de facto al modelo económico agropecuario impuesto y se han creado una serie de cooperativas que reconciliaban el trabajo asalariado con la producción para el autoconsumo y la autogestión. Esta forma de resistencia civil, más allá de la simple desobediencia, está caracterizada por la formación política e intelectual, acompañada de la creación de una alternativa real al modelo de producción que cambió la forma de concebir las relaciones económicas autónomas en las comunidades rurales.

Para finalizar, dentro de las resistencias civiles que reivindican la defensa por los derechos fundamentales y las libertades ciudadanas, encontramos el caso de Berta Cáceres. Ella fue una activista hondureña defensora del medio ambiente, feminista y cofundadora del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH). El 24 agosto del 2009 se aprobó la Ley General de Aguas, la cual otorgó algunas concesiones sobre los recursos hídricos del país, incluso en áreas protegidas. La población lenca -a la que pertenecía Cáceres- fue una de las más afectadas, ya que se aprobó la construcción de 17 represas en su territorio. Esta situación suscitó un rechazo generalizado que se materializó en acción política por parte de varias organizaciones sociales: bloqueos de carreteras, marchas y demás vías de hecho impidieron la entrada de maquinaria al territorio. Con esta coyuntura, Berta en particular lideró la lucha que se oponía a la construcción de la represa hidroeléctrica de Agua Zarca en el río Gualcarque en el departamento de Santa Bárbara al noroeste de Honduras. A pesar de ser una lideresa bastante reconocida a nivel internacional, Berta Cáceres fue asesinada el 2 de marzo del 2016. Su muerte dejó un gran legado para la comunidad y sus saberes y enseñanzas son en la actualidad un motivo para continuar defendiendo al medio ambiente y a los recursos naturales en Honduras a través de la resistencia civil.

ANTONIO JOSE REYES MEDINA

PRESIDENTE ASOJUDICIALES

Referencias bibliográficas:

 

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