Frente a los últimos acontecimientos barbáricos de quemar vivo al piloto jordano Moaz al Kasasbeh (http://internacional.elpais.com/internacional/2015/02/03/actualidad/1422984454_654733.html) y las decapitaciones en vivo y en directo por militantes del estado islámico, como la masacre de los caricaturistas de la revista satírica Charlie Hebdo por islamistas radicales, hemos sentido el mismo horror que nos ha producido esta fratricida violencia que se ha manifestado como un monstruo de mil cabezas en Colombia. Aquí sabemos, después de muchos años, que el camino de la violencia es una espiral que si no se detiene a tiempo, termina invadiendo todo e involucrándonos a todos. Aquí las violencias tienen muchos nombres: la política, guerrillera, narcotráfico, paramilitar, terrorista y narcoterrorista.

Cada uno de los actores de estas violencias lo han hecho motivado y en nombre de algo o alguien, porque creen tener un derecho natural, religioso o político que les justifica su accionar. Sea cual sea esas justificaciones, sabemos, que la violencia siempre termina produciendo dolor, sufrimiento, lágrimas, sangre y muerte. Hoy, en el mundo globalizado, donde todo puede aparecer de manera simultánea, es todo un espectáculo macabro de luces, presentadoras, informes, análisis y, detrás de todo, un negocio y marketing.

Pero queremos centrar nuestra preocupación en preguntarnos sobre algo que se presupone en el accionar de cada uno de los actores de las violencias, porque visto desde esta perspectiva, seguramente contribuimos de manera más efectiva a comprender lo que puede estar ocurriendo en el siglo XXI. A qué tengo derecho? Los militantes del EI acuden al derecho religioso que les otorga su Dios y los caricaturistas justificaron su satírica crítica al profeta Mahoma en la libertad de expresión. Europa y el mundo reaccionó, como debía ser, con la consigna “Je suis Charlie”.  Nos preguntamos si el mundo se hubiera manifestado de la misma manera solidaria con Colombia frente a tantas masacres ya desde hace mucho tiempo habríamos, seguramente, acabado nuestra violencia. O con cualquiera de esas violencias en Siria o el Congo o Irak o Palestina o cualquiera de esas naciones pobres.

Tengo derecho a matar en nombre de Mahoma o Jesucristo? En nombre de la libertad de expresión tengo derecho a decir cualquier cosa en contra de los dioses o las personas? Obsérvese que la pregunta sobre a qué tengo derecho supone que hay un sujeto con poder para hacer o realizar una acción positiva pero al mismo tiempo implica otra pregunta, tiene límites ese poder?

Centrándonos en la libertad de expresión, como una de las columnas de la cultura occidental levantada por la revolución francesa, pues las otras dos son la igualdad y la fraternidad, intentemos reflexionar más de cerca alrededor de la problemática sobre la que nos hemos propuesto pensar.

Stuart Mill en su libro La Libertad, para defender la libertad de expresión decía:

“Hay ciertos daños que, aunque no sobrevengan sino por efecto de determinados actos de expresión, no pueden, sin embargo, tomarse como parte de una justificación de la limitación legal de esos actos. Tales daños son: a) daños a ciertos individuos, consistentes en que éstos adquieren falsas creencias a consecuencia de dichos actos de expresión; b) consecuencias nocivas de hechos realizados como resultado de esos actos de expresión, cuando la relación entre los actos de expresión y los nocivos consiguientes consiste simplemente en que el acto de expresión indujo a los agentes a creer (o acentuó su tendencia a creer) que esos actos merecían realizarse”.

La idea esencial del derecho a la libre expresión, según la idea liberal de Mill, es que el daño que pueda producir siempre será menor que el daño ocasionado con la censura. Teóricamente estamos de acuerdo con ello, porque para el momento en que se pensó ese postulado la sociedad no estaba globalizada y se pensaba estrictamente en la sociedad occidental liberal. Es decir, la cultura y la razón occidental están fundadas en ese presupuesto básico, las libertades públicas y dentro de ellas la de expresión, para pensar y decir todo lo que cada ciudadano considere quiere decir. Este derecho no tiene límites externos ni previos, nuestra Constitución Política es expresa al señalar que “no habrá censura” (Art. 20). Sin embargo, en las actuales circunstancias el pensar y expresarse libremente, sí trae consecuencias mortales, cuando se trata de temas religiosos como el caso de los radicales musulmanes, los políticos como los regímenes totalitarios o económicos como los grandes intereses de la guerra o del petróleo o terratenientes. Luego la censura es de hecho. Entre nosotros tenemos en la historia reciente los casos del director de El Espectador y de La Patria,  de la UP.

Ahora pensemos si la libertad de expresión tiene límites, para esto ubiquémonos en varios escenarios: un ermitaño puede expresarse sin ningún límite, fuera de éste extraño personaje todos los demás estamos siempre vinculados a alguna comunidad: la familia, escuela, trabajo o sociedad. Si alguien gritara fuego en un teatro, seguramente se le sancionaría pero sería imprevisible siempre; si en una asamblea de copropietarios un vecino acusa a otro de ladrón o un periodista o medio de comunicación pública publica información falsa contra la intimidad, la honra y el buen nombre de una persona, se produce un daño que no podría justificarse en la libertad de expresión pues este derecho no incluye la inmunidad para afectar el derecho de los otros. Es decir, la libertad de expresión no incluye el derecho a la ofensa, a la calumnia o la difamación, entre otros delitos. Sin embargo, este derecho es esencial para la democracia pues la sustenta y alimenta ya que es a la sociedad entera a la que le interesa estar bien y objetivamente informada.

Pero quién y cómo establecer esos límites, ese es el gran problema de este tipo de derechos. Como no hay censura, entonces, lo primero es auto limitarse como una actitud ética y política responsable con la sociedad y las personas; segundo, porque el respeto al derechos de los otros siempre será un límite (Art. 6 y 16 CP, T-904-2013); porque, tercero, la información debe ser veraz e imparcial (Art. 20 CP) y, cuarto, porque los medios de comunicación tienen responsabilidad social (Art. 20 CP). Obsérvese, efectivamente son legítimas las limitaciones debido a que siempre los derechos de los otros y otros bienes superiores justifican dichos límites, pero lo que es ilegítimo son ciertas justificaciones y modos, pues establecer un criterio objetivo y justo como un mecanismo idóneo y oportuno para garantizar de manera previa todos los daños esa una empresa imposible pero permitir el daño para luego restablecerlo, en algunos casos, también resultó inútil. Así que, el derecho a la libre expresión, sin duda, es un derecho complejo.

Nuestra idea fundamental es que cuando hoy nos preguntamos: a que tengo derecho? , la respuesta debe provenir de una idea democrática, pluralista y humanista de los derechos, lo cual significa simplemente, que este Siglo XXI, al ser el siglo de los derechos, el otro como sujeto de derechos debe aparecer en mi actitud autónoma en el ejercicio de mi derecho, e implica que se requiere una decisión racional y responsable,  pues los derechos son los que definen al ser social y político, y a partir de ellos es que el ser humano encuentra su significado y realización dentro de un mundo secularizado, global y mediatizado. Como la fuente material y última de los derechos, donde ellos habitan es el ser humano, como reza el artículo 94 de la Constitución, entonces, es ser humano contemporáneo encuentra su sentido y significa en el mundo a partir de los derechos, esto le permite comprender su condición humana falible, sociable y política.

Entonces, tengo derecho a mi propia humanidad a partir del ejercicio de todos los derechos que me permitan realizarme como ser humano autónomo e independiente, que permitan encontrar sentido y significado a mi vida, por eso todos mis derechos están relativizados, excepto la dignidad humana, por lo tanto, están siempre en tensión y tendrá que construirse a partir de la experiencia histórica, de cada caso concreto, ponderando los intereses y los bienes, con una actitud responsable y práctica. Pues hoy en un mundo globalizado, pensar y expresarse, en asuntos tan sensibles como la religión donde se ponen en juego los sentimientos, las emociones y los derechos de otras personas situadas en otras culturas, debe tenerse en cuenta a los otros. A pesar y por sobre todo, Je suis Charlie.

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