Victor David Lemus Chois

Juez Administrativo

 

 

Esta es mi última participación en el blog como Juez de la República. A pesar de haber recorrido varios cargos públicos en mi vida profesional, no había sentido antes tanta nostalgia como la padecida en mi última audiencia pública. Lo que por el curso de los años puede tender a convertirse en una actividad rutinaria y repetitiva renació en un torbellino de emociones similares a las que se entremezclaron el primer día que asumí la noble pero dificilísima responsabilidad de administrar justicia en la jurisdicción de lo contencioso administrativo, hace siete años y medio.

            Vestir la toga por vez postrera, presidir la audiencia, escuchar a las partes y emitir mi último pronunciamiento judicial me hizo recordar en toda su dimensión la frase sobre la usurpación de los mortales del poder de hacer justicia reservado a los dioses. Justicia seguramente imperfecta, como todo lo humano; empero, si en las miles de decisiones judiciales que dicté los ciudadanos que comparecieron ante mi estrado judicial pudieron creer, aunque sea un poco, en lo jueces de Colombia, tal vez pueda decir que he cumplido con la tarea encomendada.

            En este mismo sentido, mi única pretensión al incorporarme en ASOJUDICIALES fue la de poner un pequeñísimo grano de arena en la construcción de una Rama Judicial digna, respetable, con reconocimiento social, y los más importante: que promueva jueces democráticos, independientes y para los Derechos.

            Honro aquí a los jueces y demás servidores judiciales con quienes tuve el privilegio de compartir esta noble labor. Especialmente a aquellos silenciosos y anónimos, que creen que al desempeñar cabalmente su grande o pequeña responsabilidad dentro del aparato judicial son constructores de paz. La paz no es en una mesa de negociación. La paz no es en un documento corto o extenso, claro o enrevesado. La paz no es una papeleta en una urna. La verdadera paz comenzará cuando cada uno de nosotros encuentre la paz consigo mismo y a partir de allí salga a la calle todos los días a hacer actos de paz con su vecino, con su familia, con sus hijos, con quienes nos encontramos en la calle o en el trabajo.

            Como Juez pude percibir, a través de cada uno de los ciudadanos que comparecieron ante el juzgado, que el mayor reto para la paz es superar el sufrimiento, la impotencia, el dolor que han generado larguísimos años de conflicto armado y violencia sin sentido. Y creo que esa queda como mi mayor frustración, porque ninguna sentencia, por perfecta que hubiere tratado de ser, pudo reparar ese íntimo dolor que cada sujeto procesal guardaba en su corazón. No en vano un proverbio oriental reza: no son más de cien los años de una vida, pero de mil años el dolor llevan.

            De esta manera me despido, por ahora, de la comunidad judicial teniendo la certeza acerca de los dramas que acompañan la labor judicial. Dramas que fueron bellamente descritos por Piero Calamandrei, en su elogio de los jueces, por un abogado (1956, p.355):

 

“El drama del juez es la soledad; porque él, que para juzgar debe estar libre de afectos humanos y colocado en un peldaño más alto que el de sus semejantes, difícilmente encuentra la dulce amistad, que exige espíritus colocados al mismo nivel, y si la ve que se le aproxima, tiene el deber de esquivarla con desconfianza, antes de tener que darse cuenta de que sólo la movía la esperanza de sus favores o de oír que ser la censuran como traición a su imparcialidad.

El drama del juez es la cotidiana contemplación de las tristezas humanas que llenan todo su mundo, donde no tienen cabida las caras tranquilas y amables de los afortunados que viven en paz, sino los rostros de los atormentados, descompuestos por la inquina del litigio o por el envilecimiento de la culpa.

Pero, sobre todo, el drama del juez es la costumbre, que insidiosa como una enfermedad, lo gasta y lo desalienta hasta hacerle sentir, sin que se rebele, que el decidir de la vida y del honor de los hombres, se ha convertido para él en una práctica de administración ordinaria.

El Juez que se habitúa a hacer justicia, es como el sacerdote que se habitúa a decir misa. Feliz ese anciano párroco de pueblo que hasta el último día siente, al acercarse con vacilante paso senil al altar, la sagrada turbación que experimentó, sacerdote novel, en su primera misa; feliz el magistrado que, hasta el día que precede a su jubilación por edad, experimenta al juzgar el sentimiento casi religioso de consternación que le hizo estremecer cincuenta años atrás, cuando, en su primer nombramiento de Pretor, hubo de pronunciar su primera sentencia.”

 

A mis colegas y amigos un hasta pronto y ¡no pierdan nunca la emoción de administrar justicia!

 

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